jueves, 6 de mayo de 2010

Monumento al Espíritu Olímpico





El Monumento al Espíritu Olímpico

Uno de los aspectos de la vida de la antigua Grecia que el hombre moderno admira más y lo justiprecia en alto grado es la importancia que los griegos daban a los ejercicios físicos, hasta el punto que para ellos, el hombre perfecto, la persona de bien, el varón modelo a seguir, no era el culto y bueno, sino el que unía a las virtudes morales la belleza corpórea y la salud física, es decir, el que era, como decían , “hermoso y bueno” (kalós kagathós).


Aquellos Juegos, cuyas pruebas congregaban en Olimpia a miles de personas procedentes de todo el territorio heleno y que eran capaces de suspender las hostilidades entre las díscolas ciudades griegas, se celebraron por última vez en el año 393 de nuestra Era. Al año siguiente quedaron abolidos al publicar el emperador Teodosio el Grande un edicto prohibiendo las ceremonias y fiestas paganas. La generación siguiente, con Teodosio II en el poder, hizo arrasar los templos de Olimpia. El recinto de los Juegos, seriamente dañado por las destrucciones de los pueblos bárbaros invasores del Gran Vacío y de los terremotos, y sepultado por los aluviones de los ríos Cladeo y Alfeo, durmió quince siglos bajo los escombros y la ligera capa de polvo del olvido que proporcionan tantas centurias.
En el siglo XVIII la Arqueología llamó insistentemente la atención sobre aquellas ruinas. Más tarde, las expediciones arqueológicas francesa y alemana exhumaron lo que aún quedaba de Olimpia y se fue acentuando la idea, que tuvo como principal adalid al barón Pierre de Coubertín, de reconstituir los antiguos esplendores de los Juegos que se hizo realidad cuando el día 5 de abril de 1896 se inauguraba en Atenas la primera Olimpiada moderna, cuando el rey Jorge I de Grecia pronunciaba las palabras rituales: “Declaro abierto la I Olimpiada moderna…”.
Así se perpetúa la tradición de los Juegos. A partir de la última fecha citada, cada cuatro años, en la apertura y mientras duran las pruebas olímpicas, brilla sobre la arena la llama encendida al sol de Olimpia, previamente trasladada desde la ciudad que albergó los Juegos por última vez.
Y ocurrió que en 1968 organizó Méjico los Juegos Olímpicos. Y como la antorcha debía atravesar el Océano Atlántico, quisieron darle, por haber protagonizado en 1492 los marineros onubenses la gran epopeya del Descubrimiento de América, a nuestra provincia el honor de que se embarcase la llama olímpica desde uno de sus puertos.
La antorcha olímpica llegó a Barcelona el día 31 de agosto de 1968, desde donde comenzó su peregrinar por distintas provincias españolas hasta llegar a nuestra ciudad en donde sería embarcada para América.
Para ser testigos de honor de embarco de la Llama y de su cuido hasta su país, el Comité Olímpico mejicano envió a nuestra capital a cuatro miembros que llegaron el día 11 de agosto del citado año acompañados de varios representantes de la Federación Española de Atletismo.
Para que todo se desarrollase a la perfección, se nombró un Comité provincial compuesto por Santiago Fernández Olivares, delegado provincial de Juventudes y Secretario de la Junta Provincial de Educación Física, Manuel Sánchez Rodríguez, como jefe de protocolo y ceremonial, José Ruciero Martel, encargado del transporte y alojamiento de los atletas,; Faustino Rebollo Viejo, a cuyo cargo estuvo la coordinación; Vicente Quiroga Juanes, en representación de las emisoras de Radio; Pedro Mayo Gómez, que actuó como técnico en el recorrido…
La antorcha llegó a la provincia de Huelva el día 10 de septiembre, fecha en la que fue recibida por el Comité provincial en el límite con la de Sevilla y punto geográfico en donde los atletas huelvanos relevaron a los de Sevilla, siendo transportada en constantes relevos.
A Huelva llegó el día 10 de septiembre e hizo su entrada en la provincia, desde cuyos límites los atletas huelvanos tomaron de los de Sevilla la Antorcha, siendo traspasadas kilómetro a kilómetro. Su llegada a nuestra capital se produjo alrededor de las ocho y media de la tarde de dicho día.
Participaron en el traslado de la Antorcha unos cien atletas onubenses que habían sido debida y perfectamente equipados por el Comité Olímpico español.
Previamente, se había invitado a los alcaldes de las poblaciones de Manzanilla, Villalba del Alcor, La Palma del Condado, Villarrasa, Niebla, San Juan del Puerto y Palos de la Frontera para que el recorrido estuviese engalanado. La llegada a la capital se verificó a las ocho y media de la tarde. En la plaza del Ayuntamiento se realizó el acto protocolario (interpretación del himno olímpico, pequeño discurso del alcalde, Federico Molina Orta, suelta de palomas, cohetes y tracas, culminando el emotivo acto con la entonación del himno nacional) en honor al espíritu olímpico.
En este punto, para conocer el comienzo del periplo marítimo que conduciría la Llama Olímpica a país hermano de Méjico, cedámosle la palabra al hábil reportero del diario “Odiel”:

<<…Después de los actos citados, los atletas trasladaron la Antorcha hacia la Punta del Cebo donde embarcó continuando el itinerario que sigue: atravesó la confluencia de los ríos Tinto y Odiel. Una vez desembarcada, continuó el recorrido pasando el Monasterio de La Rábida para seguir hasta Palos de la Frontera, hasta la plaza de la iglesia de San Jorge, Plaza del Ayuntamiento y continuó el regreso hacia La Rábida, en cuyos terrenos entraría por la plaza de la Universidad Hispanoamericana, ocupada por estudiantes europeos y americanos, para llegar al túmulo de velas que fue montado junto al Monasterio.
Al día siguiente, desde el Muelle de La Rábida, regresó al Monasterio y, ante la Virgen de los Milagros, la marinería de la Comandancia de Marina cantó la Salve Marinera y sin más dilación el barco tomó rumbo a Méjico…>>.

La culminación de aquel histórico paso de la Antorcha Olímpica por Huelva fue la erección de un Monumento al Espíritu Olímpico. Nos honra decir en este momento que no podemos olvidar que quince años antes de que se recuperaran los Juegos Olímpicos modernos en el citado año 1896, ya se celebraban en la ciudad del Tinto y del Odiel unos juegos deportivos con igual denominación organizados y tutelados económicamente por los ingleses de la Compañía de Riotinto que durante su permanencia tanto promocionaron los deportes en la provincia de Huelva.
El Monumento que nos ocupa tenía las características siguientes: La base o pedestal del Monumento la constituía un círculo de cuyo epicentro emergía un soporte cilíndrico que conectaba con otro círculo de menor tamaño que, superado por el citado soporte cilíndrico enlazaba con dos círculos más pequeños que se situaban en un plano inmediatamente superior. Todavía, el tubo cilíndrico continuaba siendo el centro de cinco círculos concéntricos y que a la vez que tomaban altura reducían sus tamaños. Sobre el más pequeño, que coronaba el singular basamento, se observaban los aros olímpicos. Sobre éstos, en lo más alto del Monumento, un esquemático globo terráqueo proclamaba la universalidad del deporte como poderosa base de la fraternidad de los hombres.
Este monumento se ubicaba en la Avenida Francisco Montenegro, entre matorrales y pitas, apenas a un centenar de metros de la ubicación del diario “Huelva Información”, enclave en el que permanecía casi inadvertido para los conductores embebidos en la velocidad de sus vehículos y para los escasos peatones que por allí deambulaban.
El jueves, 18 de agosto de 2005, el diario “Huelva Información” le dedicaba unos renglones:

<>.

El autor de este trabajo de investigación lo contemplaba y se detenía unos instantes delante de él, cuando se acercaba a la sede del hospitalario diario “Huelva Información” para dejar algunas Historias Menudas. Un día, sobre noviembre o diciembre de 2005, advirtió que el monumento había desaparecido y con él uno de los nexos de nuestra capital con los Juegos Olímpicos.

1 comentario:

MALATAO dijo...

¿Dónde estuvo este monumento?